En la suave penumbra de un viejo taller del corazón de ese Madrid que todavía conserva su arquitectura de angostas calles, me inicié, de la mano de una joven artista, en el arte del Kintsugi.
Durante tres días pude ver, y lograr con técnicas ancestrales, lentas y precisas, cómo platos de cerámica fracturados en pedazos, cobraban nueva vida. Era el milagro del polvo de oro sobre la laca urushi. El arte maravilloso que volvía a unir los fragmentos para hacer visible la historia de cada pieza celebrando la fractura y la singularidad del objeto único, haciendo valiosa la imperfección y ensalzándola a través de destellos de apariencia frágil y tacto sedoso.
El paso de los años terminó por devolver la emoción de aquellos días, y de los otros muchos que siguieron después, hasta mi forma de entender mi vino blanco con esa misma pasión por la belleza de lo singular. De aquello que no necesita parecerse a nada más. Como el oro sobre la cerámica de aquellas piezas, imperfectas, emocionantes y únicas, mi Kintsugi albillo real de microparcela desvela su propio origen, su tiempo y su personalidad a través de la sutileza de su textura y de sus brillos.